Anselmo Lorenzo

Anselmo Lorenzo Asperilla – Criterio libertario.

Anselmo Lorenzo Asperilla, principal figura del primer anarquismo español, desconocido cointroductor  de este movimiento en Portugal, escritor autodidacta y teórico del anarcosindicalismo (Toledo, 1841-Barcelona, 1914). Abad de Santillán escribió sobre él: «Fue una larga vida de trabajo, equilibrada, tesonera. Por un esfuerzo notable de autodidacta, adquirió una cultura a que pocos militantes obreros han llegado, poniendo en toda su obra una gran sensibilidad moral, una integridad y una dignidad imperturbables». De familia muy humilde, fue enviado a los 14 años a Madrid para que aprendiera un oficio. Confiado a una familia de la ciudad, Lorenzo comenzó a trabajar en una imprenta y pronto surgió en su interior una gran pasión por la cultura.

Él mismo recordará:
«De muchacho, al entrar en la adolescencia, pasé una enfermedad que me duró unos cuatro años, y que más de una vez me tuvo a punto de liquidar; siempre que podía, ayudaba a mi padre al trabajo, y cuando no, leía; entonces leí mucho, aunque con escaso provecho; todo lo nacional y extranjero editado a cuartillo de real la entrega, pasó ante mí, apelando a parientes, amigos, conocidos y vecinos para tener provisión abundante de lectura».
Su primera intervención pública tuvo lugar en 1864, cuando su nombre aparece apoyando al sector más socializante del partido democrático y en contra del sector burgués liberal de Castelar. Por la misma fecha asiste a las clases del Fomento de las Artes, y se sitúa políticamente en posiciones republicanas federales con incrustaciones socializantes, tal como representan hombres como Fernando Garrido y sobre todo, Pi y Margall. Toma parte en la revolución de 1868, y sus influencias socialistas se consolidan:
«Mi iniciador en las ideas de la reforma social fue Eugene Sue (…) Tuve ocasión de leer a Pi i Margall en sus buenos tiempos, cuando era un pensador revolucionario y no había descendido a jefe de partido… Proudhon acabó de remachar el clavo; leí casi todo lo que de el tradujo Pi, pero lo que me impresionó más fue una obra que creo no ha sido traducida, y que traduciría de buena gana sí hubiera editor que quisiera publicarla, titulada De la creación del orden en la humanidad».
Lorenzo fue de los primeros apóstoles que recibieron a Fanelli en 1869 y en su primera intervención como orador, dijo:
«No venimos a hablar de república, como parece que esperabais; muchos hay que de eso se ocupan con elocuencia superior a la nuestra y con el entusiasmo de los que trabajan por cuenta propia, puesto que aspiran a ser los beneficiados y usufructuarios de ella, dejándoos a vosotros, como trabajadores que sois, a la luna de Valencia, es decir, condenados al trabajo y sometidos a la explotación capitalista, ni más ni menos que lo que sucede en la monarquía».
En 1870, dirige “La Solidaridad”, y toma parte de la delegación madrileña que asiste al primer Congreso de los internacionales españoles; es elegido miembro del Consejo Federal. Un año después viaja a Portugal junto con Morago y Mora para introducir las ideas internacionalistas en el país vecino, allí es recibido por Eça de Queiroz y Antaro de Quental. En septiembre del mismo año es elegido como representante español para la Conferencia secreta de Londres convocada por la AIT. Durante su estancia en Londres se hospedó en casa de Karl Marx que le causó una honda impresión, así como sus hijas. Sin embargo, la lucha política interna en la AIT le causa una honda decepción:
«De la semana empleada en aquella Conferencia guardo triste recuerdo. El efecto causado en mi ánimo fue desastroso: esperaba yo ver grandes pensadores, heroicos defensores del trabajador, entusiastas propagadores de las nuevas ideas, precursores de aquella sociedad transformada por la Revolución en la que se practicará la justicia y se disfrutará la felicidad, y en su lugar hallé graves rencillas y tremendas enemistades entre los que debían de estar unidos en una voluntad para alcanzar los mismos fines».
Decepcionado ante Marx, no lo es mucho menos por Bakunin y a lo largo de su trayectoria nunca llegará a aceptar completamente el primer gran cisma internacional del movimiento obrero organizado.
No obstante, su inclinación hacia las tesis bakuninistas es clara y en uno de sus trabajos publicado entonces en “La justicia social” expresa claramente su rechazo de la tríada Dios – Capital – Estado. La vuelta a España lo sitúa delante de la inminente prohibición de la AIT, y en un mitin celebrado proclamó:
«Si a la Internacional se la declara fuera de la ley, la Internacional declarará a la ley fuera de la razón y de la justicia».
La ruptura con los seguidores del Consejo Federal en su pleito con Bakunin, le situó en una posición difícil:
«Una divergencia doctrinal, escribe, en su origen que no hubiera tenido consecuencias lamentables sí la pasión, falseando los principios, no hubiera acudido a falsearla, dio lugar a que aquella organización, que en poco tiempo llegó a ser poderosa y temible, se viniese abajo».
Interviene intensamente en campañas de propaganda como miembro del Consejo Federal de la Región Española, y luego como secretario general del mismo organismo. Intenta superar las rencillas entre las tendencias, pero no es fácil:
«Durante el corto período de dos meses que permanecí en Valencia como individuo del Consejo Federal sufrí mucho. Mis compañeros me miraban con desconfianza; mi correspondencia particular con los compañeros de Madrid que conmigo habían formado el Consejo Federal de Madrid les inquietaba, y llegaron a abrir alguna carta mía antes de entregármela pretextando que la habían abierto por equivocación».
Estas circunstancias mezquinas le amargan la existencia como militante.
Viaja por España y Francia buscando trabajo hasta que en 1874 llegó a Barcelona donde se sintió en un principio muy identificado con el grupo anarquista de la ciudad (García Viñas, Farga Pellicer, Llunas, etc…) y se entregó a las tareas militantes. Pero de nuevo afloraron las contradicciones, en particular con el doctor García Viñas y su círculo. No obstante, su prestigio se mantiene inalterable a pesar de las diversas acusaciones que contra él se emplean.
A pesar de todo fue expulsado de la Federación Regional Española. El mismo cuenta:
«Me quedé completamente aislado; nadie me dirigía la palabra; todos mis amigos, puesto que no frecuentaba más amistades que la de algunos compañeros, se apartaron de mí, y quede reducido a un mínimo de vida inadmisible para quien, gozando de libertad, necesitaba la amistad, la lucha, la propaganda y la comunión humana».
A fines de 1880 abandona Barcelona para retirarse de toda actividad revolucionaria directa.
Entre 1884 y 1885 se vinculó al grupo La Asociación”, órgano de los obreros tipógrafos de Barcelona fundado poco antes y comenzó a escribir con regularidad en la prensa obrera, especialmente en la de signo libertario.
En 1887 tomó parte del congreso de la Federación de Trabajadores de la Región Española, declinando todo ofrecimiento de ocupar cargos. Al año siguiente ingresó en la masonería en la que alcanzó el grado 18 y a la que se había acercado durante los años de mayor ostracismo. Después de la explosión de la bomba en la calle de Cambios Nuevos en 1896, fue encarcelado en el castillo de Montjuich. Al ser puesto en libertad, se exilió a París. De nuevo en Barcelona, en 1898, Lorenzo pasó a colaborar con “La Revista Blanca”, en la que publicó su narración breve y «ejemplar» “Amoría”, incluida en la antología “El cuento anarquista”, (efectuada por Lily Litvak, la misma autora que analiza la vertiente novelística de Lorenzo en otro estudio: Musa libertaria).
Cuando en 1901, Ferrer i Guardia creó la Escuela Moderna, Lorenzo se convirtió en el director de la sección de publicaciones, traduciendo entonces algunas de las más destacadas aportaciones de la literatura anarquista como lo fueron, entre otros títulos, La gran revolución francesa, de Kropotkin, y El hombre y la tierra, de Reclús. En 1910 ha concluido ya la segunda parte de su obra capital El proletariado militante, donde conjuga los recuerdos autobiográficos con la trascripción de documentos correspondientes a las primeras etapas del movimiento obrero organizado en el Estado español.
Al fallecer antes de escribir su tercera entrega, esta obra quedó inconclusa, pero con todo, pasó a constituir una fuente indispensable para el conocimiento de la primera época del anarquismo español y su valor testimonial es ya clásico. En ella se encuentran los componentes básicos del pensamiento de Anselmo Lorenzo Asperilla, su confianza en el avance científico y cultural de la humanidad, una concepción optimista y armónica de la naturaleza, deudora en buena medida de Fourier; la crítica moral y política al poder establecido, y el énfasis en el antipoliticismo y la capacidad espontánea de los trabajadores. Esto no quiere decir que su pensamiento no se mostrara abierto a importantes rectificaciones. Lorenzo se mostró, al contrario que otros anarquistas de su época, sumamente receptivo al sindicalismo revolucionario, sobre todo desde que en 1907 se creará la Federación local de Solidaridad Obrera. Concibe el sindicato como la «moderna forma adoptada por los trabajadores para concertarse, defenderse y dirigirse hacia la libertad y la igualdad». Debe de luchar contra la esclavitud salarial —la última, dice—, contra la irracionalidad y el despilfarro capitalista, y debe de hacerlo de forma voluntaria, «sin disciplina (sumisión a un dogma o una autoridad) ni jerarquía (escalafón de mandarines)». Ha de evitar toda tentación burocrática, y tener un pacto claro que, a título de ejemplo, deje claro sus objetivos («Este sindicato se propone la resistencia a la explotación capitalista como táctica constante, y la supresión del salario por la participación de los actuales desheredados en el patrimonio universal como finalidad única»), y sus medios («En el funcionamiento universal no ha de haber delegación, ni autoridad, ni disciplina; sólo hay división del trabajo. Miembros iguales en deberes y derechos en una asociación, aunque con la diversidad de actitudes físicas, morales o intelectuales propias del temperamento, de la educación, de la edad, de la cultura de cada uno, cooperando voluntariamente a determinar propósito, y voluntaria y libremente se distribuyen las labores comunes, manteniendo la relación necesaria para que resulte el debido concierto»).
Al producirse los acontecimientos de la Semana Trágica de Barcelona, su gran popularidad hace que el gobierno se limite a desterrarlo durante unos meses a Teruel. En 1912 publicó “Vida anarquista”, una colección de trabajos propios. Todavía en 1914 continúa trabajando y sigue al frente de una amplia familia con la ayuda inapreciable de su compañera Paca, que le sobrevivirá para fallecer en 1937, cuando ya había cumplido los noventa años. Cuando estalla la I Guerra Mundial, la posición de Lorenzo es rotundamente clara:
«Venza la compañía anglo-franco-rusa o el “trust” alemán, nada cambiará, sino el dueño del mercado; tras la guerra actual vendrá, no la paz, sino una tregua. Mientras no se alteren esencialmente las instituciones causantes de la desigualdad social, en tanto que por el monopolio de la riqueza natural y la producción haya ricos y pobres (…) se renovará la pérfida y ruinosa paz armada, esperando la ocasión de poner en práctica los nuevos descubrimientos científicos aplicados a la matanza».
Al fallecer el 30 de noviembre de 1914, en su entierro «estuvieron presentes no sólo los trabajadores sino también muchísimos intelectuales y artistas liberales de Cataluña y representaciones de distintos puntos de España» (Buenacasa). Hay dos breves biografías suyas: la de Federica Montseny, “Anselmo Lorenzo, el hombre y la obra” (Dogal, Madrid, 1977), y la de José Peirats, “Anselmo Lorenzo. Los prolegómenos de CNT” (Ruta, Caracas, 1974). La primera editorial ha reeditado Criterio libertario en tanto que de El proletariado militante existen dos ediciones, una de Alianza (Madrid, 1974), con introducción, notas y bibliografía —muy completa— de José Álvarez Junco, y otra en ZYX prologada por Juan Gómez Casas. Una de las fundaciones libertarias más activas lleva su nombre.

Extracto sacado del libro.

La palabra criterio es de aquella que tienen la mala fortuna de ser repetidas y aplicadas con escasa exactitud, debido a dos causas graves de transcendencia social: una, lo imperfecto de nuestro lenguaje, susceptible y necesitado de reformas, y otra, la hipocresía dominante, que obliga a las gentes a aparentar más saber que el que realmente poseen y una elevación moral de la que se hallan distantes.

Por etimología, parece que criterio significa en griego el acto de juzgar; para la generalidad representa la característica especial del modo de juzgar de una colectividad con pensamiento común o de un individuo.

Claro es que no debiera de haber más que un modo único de juzgar, porque las cosas, lo mismo que las abstracciones, son en sí idénticas a sí mismas, y no varían porque se les juzgue bien o mal.

Considérese el fárrago inmenso de escritura que constituye la teología, para sacar en limpio la afirmación concreta de que «Dios es el bien», a la que un pensador célebre, como resumen de las doctrinas filosóficas, opuso esta otra: «Dios es el mal», afirmaciones ambas resultado de criterios opuestos, cada uno fundado en una lógica con apariencias irrefutables.

Se ve, pues, claramente que hay criterios diferentes, según el orden de ideas en que, por preocupación o por interés, se hallen las colectividades y los individuos, y que sólo puede prevalecer el criterio que, sustentando sus conclusiones sobre bases perfectamente racionales, demuestre la inconsistencia de los criterios que terminan en conclusiones contrarias.

Únicamente al conjuro de ese criterio, la verdad, solicitada con ansia vehemente, se manifiesta con docilidad resplandeciente de evidencia, precursora de la justicia, generadora de placidez que inspira las más sublimes concepciones de la belleza.

El sentir, pensar y querer, trilogía que expresa la inmensa esfera de acción de las facultades humanas, ha de extenderse sin más limitación que la del propio poder, ayudada por el concurso solidario de la humanidad entera, sin trabas de ningún género, ni menos autoritarias.

Siendo el criterio, no un encadenamiento lógico de juicios perfectamente comprobados por la crítica, y admisible para todo el mundo, como debiera ser, sino el resultado de una lógica parcial, me coloco en esa parcialidad aparente, y presento también mi criterio propio, con el deseo de obtener con él la sanción de los anarquistas, por lo que, anticipando mi aspiración al resultado, le doy la denominación de criterio libertario

 

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Anselmo Lorenzo – “Criterio libertario”